por:Enrique Roca - 01/07/2010 06:00h
La política de los gobiernos y del BCE de ganar tiempo a base de inundar el mercado con liquidez tiene los meses contados, aunque para que se empiecen a solucionar las cosas posiblemente tengan que ir antes a peor.
La barra libre del BCE suministrándola ilimitadamente a bajo coste ha traído consigo que los bancos intentasen reparar sus maltrechos balances jugando al carry. Esta práctica consiste en tomar dinero a corto plazo y colocarlo en bonos de entidades financieras y gubernamentales a medio y largo plazo, principalmente de aquellos países de la zona euro con mayores rentabilidades.
La compra masiva e indiscriminada de bonos era bienvenida por los Estados que comprobaban cuán fácilmente eran financiados sus déficits, hasta que el mercado empezó a hacer unos sencillos números sobre la sostenibilidad de la deuda, recordando que por cada punto básico (1pp) de brecha entre tipos de interés y crecimiento, la deuda aumentaba en la misma proporción, pudiendo llegar a ser insostenible. En este gráfico vemos la diferencia entre los tipos a 10 años y las tasas de crecimiento de los diferentes países.

Aunque se nos quiere vender que las inyecciones de liquidez han reducido las necesidades de capital, lo único que han conseguido es atrasar y agravar la solución del problema, traspasándolo al Estado que emite deuda sin preocuparse por el coste de financiación, ya que la colocará en los balances bancarios.
Tales prácticas y la falta de transparencia y planificación en las cuentas públicas y privadas, junto con la competencia por emitir deuda dados los elevados vencimientos y déficits, ha incrementado el riesgo en las entidades financieras, principales tenedoras de bonos estatales. Basta examinar la correlación de los CDS soberanos con los bancarios en los países del sur de Europa.
A nadie le sorprenderá que desde octubre de 2008 las instituciones monetarias y financieras compraran 420 billones de bonos gubernamentales, con un incremento del 30%, pasando de representar un 5% del total de activos bancarios de la zona. No es de extrañar, pues, que cuando el BCE anunciara a principios de año una retirada de la liquidez tuviéramos la segunda ola de crisis bancarias a lo que respondió el BCE con más liquidez.
Su implantación ha creado un círculo vicioso cuya ruptura necesaria pasa por un desnudo integral e "in situ" del sector financiero, con asunción de responsabilidades de sus gestores, distinción entre entidades solventes, y no redimensionamiento y recapitalización de las mismas.
Éstas son, a mi juicio, las condiciones necesarias junto con una disminución del déficit público para que el crédito vuelva a circular, primero entre las entidades financieras y después a los demás agentes económicos. Mientras los bancos no se fían unos de otros quieren que los depositantes lo hagan, curiosa paradoja. Y si esto no se hace, como último recurso el Estado debe intervenir en el mercado financiero creando bancos, como sugiere el Premio Nobel Stiglitz, ex –novo aunque esta solución sea en principio la más costosa y menos aconsejable.
Publicar los stress tests sólo será un paso en la dirección adecuada si, como señala el profesor Joaquín Maudos en valenciaplaza:
a) abarcan la mayor parte de las instituciones, no únicamente las más grandes o solventes,
b) se basa en asunciones públicas, creíbles y razonadas y no meramente en apuntes contables
A lo que añadiría:
c) incluyan cierto riesgo de impago de la deuda soberana según países,
d) con compromisos concretos de recapitalización de las entidades en dificultades que nos hagan ver el final del túnel.
Sin embargo puede que los resultados no sean tan balsámicos como en USA, ya que la confianza en los gobiernos y la deuda pública no es la misma que en este país.
Las masivas inyecciones de liquidez compran tiempo, mientras se intentan solucionar los problemas. Empapelar el mercado sirve para enmascarar y retrasar la solución de los problemas que no son otros que la propia solvencia de los bancos y los gobiernos ahora indisolublemente unidos a través, no sólo de los consejos de administración donde a pesar de las palabras abundan los políticos, sino también por los intereses comunes en la deuda pública. Esta política ha conducido a que en lugar de un problema de solvencia de las entidades financieras ya de por sí suficientemente grave se le haya añadido el de los Estados.
La compra de deuda pública a corto plazo mejora la solvencia y la liquidez de los balances, según Basilea II, pero resta recursos a la economía productiva, lo que a su vez disminuye los ingresos fiscales, incrementa el paro y los gastos sociales.
En nuestro país, el incremento de los últimos años de los aparatos políticos y del Estado, del gasto corriente, la menor productividad de nuestra economía con unos salarios creciendo los últimos años más que en Alemania pero aún así sensiblemente inferiores, y el saqueo generalizado al que nos han sometido la mayoría de nuestros políticos y dirigentes tanto empresariales cómo sindicales, ha derivado en que la crisis financiera sea especialmente grave, con una apelación al BCE del 16%, superior al peso de nuestra economía y eso que parece ser que tenemos a las dos entidades más solventes de la eurozona. La refinanciación incluso de los créditos concedidos a empresas con beneficios es un hecho generalizado con el consentimiento de las autoridades monetarias, con lo que los problemas privados se tornan en financieros y por ende públicos haciendo la bola más grande.
De poco sirven las ayudas del FROB si los receptores de las mismas tienen que conceder préstamos a unos ayuntamientos y comunidades quebradas con elevados déficits que no logran financiarse de otra forma. ¿Qué sentido tiene que casi todos nos apretemos el cinturón si seguimos pagando cruceros a nuestras festeras?
Los directivos financieros piensan que ese no es su problema, sino del Estado, y que al final la deuda se pagará aunque los gobiernos tengan que establecer tasas por respirar, tomar el sol o por reciclaje de residuos, como ha hecho mi inútil Diputación Provincial. Craso error, la crisis se extiende como una mancha de aceite y a lo mejor cuando quieran rectificar ya es demasiado tarde incluso para ellos.
El nuevo fondo europeo de estabilización creado supone el último resorte de credibilidad, si es que queda alguna. Si se piensa que la anestesia de la liquidez soluciona los problemas, la crisis se trasladará desde los países periféricos a los más solventes cuestionando incluso la confianza en el BCE. Los europeos no nos podemos echar atrás y por tanto, a la par que tratamos de solucionar estos problemas hay que conseguir a la mayor brevedad posible una verdadera unidad económica en todas sus facetas (presupuestaria, fiscal, financiera y estructural) y política, de hecho y de derecho, pasando por encima de los políticos y sus intereses locales, aunque mientras tanto contemos con la ayuda de la depreciación del euro.
El tiempo se acaba y nuestros dirigentes preocupándose por lo suyo y dedicándose con poca imaginación a engordar los problemas, en lugar de resolverlos.