lunes, 10 de mayo de 2010

Órdago a la grande en Europa: ¿será un farol?

No me hubiera gustado estar en la piel de los principales líderes europeos a lo largo de la pasada noche. Había que llegar a un acuerdo y había que hacerlo antes de la apertura de los principales centros financieros internacionales. En la Europa de los múltiples portavoces, Nicolas Sarkozy había metido a sus colegas una presión brutal al fijar una hora límite para la adopción de un plan que reforzara la imagen de la Unión Europea, relajara las presiones sobre los activos y la divisa comunitarios y permitiera aliviar la situación de los países en mayores dificultades. Lo mismo había hecho el Ministro de Finanzas sueco Anders Borg, curiosa aportación de un estado que mantiene su propia moneda, la corona. No había margen para el error. Lo que se iba a hacer público, primero a las 18.00, luego a las 21.00 y posteriormente a las 1.30, finalmente se materializó pasadas las dos de la madrugada, media hora después de la apertura en Japón. Mejor tarde que nunca. Las consecuencias de la inacción después de tanta fanfarria habrían resultado demoledoras.
Al final un acuerdo de máximos. Un órdago a la grande cuyo importe coincide significativamente con la cuantía que se había barajado para el rescate colectivo de Grecia, Portugal y España. Consiste básicamente en la creación de un vehículo especial de 440.000 millones de euros para dar liquidez hasta 3 años al 5% a aquellas naciones en dificultades, suma a la que habría que añadir los 250.000 millones aportados por el FMI en lo que no deja de ser una ampliación del Plan de Rescate griego. El Fondo, que comprometería en el envite más de la mitad de sus recursos actualmente disponibles, se convertiría en el juez que fija las reglas del juego. A la parte europea, que se financiaría en mercado (a ver a qué tipo; ¿germen del eurobono y del Tesoro único comunitario?), habría que añadir 60.000 millones más de inmediata disponibilidad por aquellos miembros que lo pudieran necesitar, actualmente sólo Grecia. La Unión se juega el 5,5% de su PIB en el rescate de sus miembros: 500.000 millones teóricos en total que veremos en qué quedan finalmente.
El efecto sobre los mercados no se ha hecho esperar. El bestial repunte de las bolsas es una anécdota comparado con lo que ha ocurrido con el euro y los CDS y la deuda de los países periféricos de la Eurozona. En relación con esta última estamos viviendo esta mañana ventas importantes de bonos soberanos de Alemania, Francia u Holanda y compras masivas de Grecia (cuya rentabilidad a 10 años pasa del 12% al 6%), Irlanda, Italia, España y Portugal. Una reacción que se fija en las grandes cifras y se olvida de los detalles. Y es que muchos parecen obviar que el esquema establecido es exactamente el mismo que para el país heleno y que, por tanto, está condicionado al estricto cumplimiento de unos planes de estabilidad sencillamente inviables en naciones que no cuentan con autoridad sobre su divisa y sus tipos de interés. No ha ocurrido nunca en el mundo desarrollado y no hay por qué creer que, en un entorno recesivo, deflacionario y de potencial conflicto social, vaya a ser distinto. Les recuerdo el premonitorio post que en su día escribí sobre el particular. Cuando se empiecen a poner las cartas encima de la mesa puede que alguno descubra que es un farol. Eso sí, con más recursos tirados a la basura... y financiados externamente. Glups. Siento el jarro de agua fría.
Mención aparte merece el donde dije digo, digo Diego del Banco Central Europeo, autoridad que está empeñada en acumular descrédito de forma acelerada. Lo último que se puede esperar del guardián de la ortodoxia es bien ausencia de criterio constante, bien falta de visión periférica. Ambas carencias se han puesto de manifiesto en la gestión de esta crisis, con su negativa a bajar tipos de interés ante su absoluta incomprensión de la dimensión de lo que se avecinaba, primero, y su falta de firmeza a la hora de defender la utilización de su balance para el fin que tiene encomendado, por otra. Tendría que haber limitado su actuación a inyectar liquidez al mercado de forma extraordinaria, como ya hizo en el pasado, aún a sabiendas de que el sector bancario no va a circularla en un entorno de endurecimiento regulatorio e incertidumbre del entorno. Pero, amigo, lo importante es rescatar a una industria que, ojo, vuelve a estar en dificultades por su avaricia, que resulta más rentable financiarse al 1% y comprar bonos soberanos al 4% que dar crédito al sector privado. Y además no consume recursos. Aún así, ya se sabe, ante el miedo de colapso, el BCE es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Como para levantarse en armas, viva el riesgo moral.
A partir de tal asimetría respecto a la economía real, cualquier cosa es posible. Desde renunciar a los ratings a la hora de aceptar activos como colaterales o garantías de sus líneas de financiación, a abrir la puerta a compra de deuda pública y/o privada en los mercados con objeto de favorecer su estabilización, a imitación de lo que hizo la Reserva Federal en Estados Unidos pero con una salvedad: su efecto neutral sobre la política monetaria gracias al drenaje simultáneo de fondos en una cuantía equivalente a lo adquirido. No es, por tanto, quantitative easing, pobre defensa de su primigenio mandato de control de precios. Aún así, un brindis al Sol en un entorno multinacional y con pluralidad de Tesoros como es la Unión Europea en la que la unidad de intereses es más virtual que real y donde, por tanto, establecer normas ciertas de prelación e importes para esta actividad se antoja una quimera. Salvo que sea a iniciativa del emisor y por riguroso orden de solicitud, en cuyo caso, marica el último puede convertirse en la guía de actuación. Y de ser así, ¿cuál es el límite? O que lo hagan los bancos centrales nacionales de manera incontrolada, como parece ser la tónica esta mañana. Oficialmente la independencia del BCE ha muerto. Miento, se ha suicidado. Que lo haya hecho ahora, pone de manifiesto la dimensión del problema.
Desde siempre hemos defendido el peligro que encierra actuar movido más por la obligación de calmar los mercados que por la obligación de hacer lo que se debe hacer. Desconfíen de los mensajes que venden la tranquilidad como mayor logro de cualquier actuación concertada. Esta dura lo que dura, hasta que vuelve el nerviosismo. Con los acuerdos de esta madrugada no se gana tiempo. Al contrario. Poco importa cómo se vista la mona que, en tanto no acometan los estados más frágiles las reformas que aseguren su futuro y el sector bancario converja hacia su actividad originaria como intermediario entre el ahorro y la inversión, mona se quedará. Ambos fenómenos llevan aparejados una reducción sustancial de la actividad, pero es lo que toca. Cuanto antes empecemos a meterlo en el disco duro, en lugar de dejarnos abducir por el corto plazo, mejor nos irá a todos.