Ahora ese mismo escenario recibe el nombre de Sweet Pot, dulce coyuntural con fecha de caducidad. La semántica es importante porque, en definitiva, el mensaje que están lanzando hoy los gurús a la comunidad inversora, como servidor escribiera aquí mismo hace siete días (VA, Amigos disfruten de la burbuja... mientras dure), es Carpe Diem: aprovecha el momento que no sabemos lo que durará este espejismo auspiciado por políticas fiscales y monetarias extraordinariamente laxas. Miren si no lo que ha ocurrido con las ventas de coches en Estados Unidos nada más terminarse los incentivos (Ford September sales drop not as bad as feared).
Volviendo a los mercados financieros, los analistas más valientes se atreven a fijar un término temporal, primavera de 2010, o incluso numérico, fruto casi de la Cábala: 1.200 del S&P. Pero, en cualquier caso, saben que, en la medida que la actividad crediticia bancaria, por una parte, y la empresarial privada, por otra, no tomen el relevo de la acción pública, todos los esfuerzos realizados habrán sido en vano. No sólo eso, nos encontraremos jugando en otra liga mucho más dramática.
En este sentido cobra especial importancia el informe publicado el miércoles por el Fondo Monetario Internacional acerca de las pérdidas pendientes de aflorar en el sistema financiero en los próximos 18 meses. Según el organismo el total acumulado ascenderá a 2,8 billones de dólares de los que habrían sido reconocidos ya 1,3. Quedarían, por tanto, más de la mitad de las minusvalías por ver la luz, si bien el ratio de reconocimiento actual varía entre el 60% de los Estados Unidos y el 40% de Europa y Reino Unido.
Se trata de una estimación más optimista que la inmediatamente anterior debido, fundamentalmente, a la mejora de las expectativas económicas y a la recuperación de unos mercados que han ayudado a la mejor valoración de los activos en cartera. Esa es la parte buena. La cruz: dos terceras partes de los quebrantos totales se derivarán de créditos fallidos. No estamos hablando de pérdidas contables potencialmente reversibles sino de un deterioro cierto que va directamente contra la base de capital de los afectados.
Es verdad que el FMI falla en sus previsiones más que una escopeta de feria. Pero no es menos cierto que existen datos adicionales que permiten intuir que no anda desencaminado. Volvamos los ojos a Estados Unidos. Allí el FDIC, equivalente a nuestro Fondo de Garantía de Depósitos, ha solicitado financiación adicional después de haber intervenido más de 100 bancos en 2008, 95 en lo que va de 2009 y mantener 470 instituciones financieras adicionales bajo vigilancia.
No sólo eso: en su último informe sobre financiación sindicada en aquel país advierte de un deterioro sustancial en el último año, hasta el punto de que el porcentaje de créditos sospechosos de impago en mayor o menor grado ha pasado del 13,4% del total al 22,3%. Una bagatela de 642.000 millones de dólares. Merece la pena echar un vistazo al documento (FDIC, Credit Quality Declines in Annual Shared National Credits Review). Se trata de un dato muy interesante porque hace referencia a préstamos vinculados, normalmente, a operaciones productivas. Y aun reconociendo que su incertidumbre es debida en parte a determinados excesos que se cometieron en el punto álgido de la burbuja, no hay que olvidar que es la falta de dinamismo de la economía real la que impide su repago.
Obviamente el deterioro por la parte del activo tiene su inmediato reflejo en el pasivo de las firmas financieras. De ahí que la estimación de la institución supranacional, que se desarrolla para un horizonte temporal muy estrecho, venga acompañada de una recomendación global a la banca de reforzar sus ratios de capital, bien reteniendo beneficios, bien acudiendo al mercado. ¿Cuánto? Para llegar a un mero 4% sobre sus activos, el agregado del sector tendría que levantar 0,56 billones de dólares. 560.000 millones entre las tres regiones. Casi nada.
No es por tanto oro lo que reluce por ahí fuera. Nos encontramos con un sector financiero que ha optado por la dinámica tradicional del vivo al bollo y el muerto al hoyo. ¿En qué sentido? Con las cuentas de resultados hechas gracias a la masiva intervención pública han preferido, en muchos casos, dilatar los problemas antes que afrontarlos en la creencia de que lo excepcional lleva camino de ser lo habitual y de que, por tanto, la mejora recurrente de los beneficios les permitirá lidiar con su balance de un modo más pausado. Sin embargo, más antes que después, volverá la cruda realidad en los distintos ámbitos de su negocio, desde el margen de intermediación al coste de financiación. ¿Y entonces? Ustedes mismos.
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