La causa de tan sorprendente comportamiento del Gobierno y la oposición probablemente tenga que ver con eso que algunos han llamado ‘infantilización’ de la política, que consiste en ofrecer a los electores mensajes facilones y elementales para que actúen en sus mentes de manera compulsiva a modo de mantra. Desde Moncloa se repite de forma machacona que el Gobierno está impulsando un nuevo modelo productivo, como si con sólo aprobar una Ley llamada pomposamente de economía sostenible fuera suficiente para cambiar la suerte de un país. Mientras que la oposición parece empeñada en repetir a cada minuto lo que todo el mundo sabe, que en España hay mucho paro. Se habla, eso sí, de austeridad en las cuentas públicas, pero al mismo tiempo se propone aumentar las deducciones por compra de viviendas o una rebaja más o menos generalizada de impuestos y cotizaciones sociales.
“El Estado, como si fuera un alcohólico, se ha dado a la bebida. Este país se endeuda cada mes en más de 10.000 millones de euros”
Mientras esto ocurre, sin embargo, algo extremadamente importante está pasando. El Estado, como si fuera un alcohólico, se ha dado a la bebida. Hasta tal punto que en el primer cuatrimestre sus necesidades de endeudamiento (para financiar el déficit público) se han situado ya en 43.986 millones de euros. Una cifra verdaderamente colosal que significa que, de continuar este ritmo, el año acabará con 120.000 millones de euros de deuda nueva. O lo que es lo mismo. Este país se endeuda cada mes en más de 10.000 millones de euros sin que haya un verdadero debate nacional sobre cuál es el nivel sostenible de deuda.
Lo que está pasando recuerda de alguna manera a lo que Joseph E. Stieglitz denomina bancos zombis, expresión que alude a las entidades financieras que actúan en realidad como muertos vivientes, ya que sobreviven gracias a sus malas artes contables (con el consentimiento del supervisor) o a que reciben fondos públicos para seguir al pie del cañón.
Los Estados, que se sepa, todavía no practican la ingeniería contable más allá de lo razonable, pero actúan como si fueran zombis. Algunos están prácticamente quebrados, pero parecen dispuestos a mantener el nivel de vida de sus ciudadanos aún a costa de arruinar el porvenir de las próximas generaciones. Pagan con dinero ajeno lo que no está escrito, y todo por no decir la verdad a los ciudadanos: que esto no da para más y que el mundo ha vivido por encima de sus posibilidades, por lo que no hay otra solución que gastar en función de lo que cada economía sea capaz de producir.
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